¡NOS ENCARGAMOS NOSOTROS!

Elías Jaua Milano

El pasado miércoles 12 de febrero de este año 2020,  el Presidente de los Estados Unidos de América, Donald Trump, ante una pregunta sobre la situación en nuestro país expresó con su habitual arrogancia: “Nos encargaremos de los venezolanos”, en una reafirmación de su empeño retrógrado de ejercer la “política del gran garrote”, en este siglo XXI, contra Venezuela. 

Trump está empeñado en desconocer nuestra condición de nación independiente y soberana que, aun en los momentos más complejos de nuestra historia política, nos ha permitido encontrar los mecanismos, no siempre los mejores, pero al fin de cuentas desarrollados por nosotros, para despejar el horizonte de la Patria.

Desde mediados del siglo XIX, tras la muerte de nuestro Libertador Simón Bolívar, las victorias militares de algunas de las facciones internas o bien los acuerdos políticos entre estas, marcaron la superación coyuntural de las guerras y revueltas infinitas que se produjeron en esa etapa oscura de la historia.   

En el siglo XX los golpes de Estado se inauguraron como una nueva modalidad de resolución de los conflictos de poder. El primero de estos golpes, abiertamente apoyado por el gobierno estadounidense, fue el de Juan Vicente Gómez contra Cipriano Castro en 1908.

La administración de la Casa Blanca de entonces, amparada en el llamado corolario Roosevelt de 1904 donde se arrogan la obligación  “…a ejercer un poder internacional policial”, se  “encargó” de sostener con el suministro de armas y apoyo político  a la dictadura más larga, 27 años, y genocida que hayamos sufrido a cambio de la expoliación de nuestros recursos petroleros.

A partir del año 1958 de ese siglo XX, no ha habido otra manera de llegar al poder en Venezuela que no sea por la vía de las elecciones. Más allá del juicio que se tenga sobre la legitimidad de algunos de esos procesos, la elección popular ha sido la única manera de acceder a la Presidencia de la República o de resolver crisis políticas de manera democrática, especialmente a finales del siglo XX y principios del XXI.

La victoria del Comandante Chávez en 1998 abrió un proceso de renovación de la confianza en el ejercicio de la soberanía popular para producir transformaciones revolucionarias en la sociedad, tales fueron los sucesivos referéndums que marcaron el proceso constituyente de 1999 y luego la resolución, mediante el referendo constitucional que terminó ratificando el mandato de Hugo Chávez en agosto de 2004, del sostenido intento desde el año 2001 de cerrarle el paso a la revolución democrática popular, mediante la violencia contrarrevolucionaria.

A partir de ese año 2004, las elecciones fueron el mecanismo para administrar democráticamente las contradicciones antagónicas entre dos visiones del modelo político, económico, social  y cultural que debe tener el  país. Eso fue así, hasta que en el año 2013 la oposición decide desconocer los resultados electorales que  dieron como ganador de la Presidencia a Nicolás Maduro, abriendo así esta dolorosa etapa de la vida republicana que nos ha llevado a una de los más ignominiosos procesos de injerencia extranjera que se le haya aplicado a una Nación, al punto de que el señor Trump espete sin pudor que se “encargará” de nosotros.

Como escribíamos la semana pasada, no podemos banalizar la gravedad de dicha amenaza. El desconocimiento publicitado y grosero a la institucionalidad del Estado venezolano por parte del gobierno norteamericano y de sus aliados europeos y en América Latina; la administración de facto, que esos gobiernos  le permiten al fallido procónsul Guaidó, de importantes recursos y activos venezolanos  en el exterior y la realización de al menos 11 maniobras militares conjuntas en el Caribe y en la Amazonia, durante el año 2019, dan cuenta del desafío y de la responsabilidad histórica que especialmente tenemos los dirigentes políticos de este tiempo venezolano.

Este panorama nos obliga a todos los factores políticos a encargarnos con seriedad, con desprendimiento, con amor patrio y con sensibilidad por el pueblo sufriente de encontrar un acuerdo para el normal funcionamiento democrático de todas las instituciones del Estado, para la preservación de la soberanía sobre nuestros recursos y activos, de la integridad territorial y del derecho que como pueblo tenemos a vivir en paz, con tranquilidad y dignidad.

Como pueblo digno, con una sola voz, debemos rechazar la sola enunciación de  alguien que diga que se va “encargar de nosotros”.  Somos  los hijos e hijas de Bolívar, carajo, y debemos hacer respetar nuestra dignidad nacional. Y ese respeto lo obtendremos más por nuestra inteligencia, nuestra madurez y nuestra audacia política que por la fuerza.

La guerra será siempre la victoria de los intervencionistas, la paz con dignidad será la victoria de la Patria. ¡Viva Venezuela!

SALVAR LA REPÚBLICA

Elías Jaua Milano

Esta semana que culminó, el Presidente de los Estados Unidos Donald Trump ratificó su brutal política de injerencia neocolonial en nuestro país y de igual manera se encargó de dejar claro que el procónsul designado es el inefable Juan Guaidó. Necesario es resaltar que sobre esta política intervencionista hay un consenso en la clase política norteamericana, así quedó evidenciado en el acto del Congreso de ese país el pasado 4 de febrero de este 2020.

Las insólitas amenazas de “quebrar” y “aplastar” al gobierno constitucional de Venezuela, proferidas por Trump, constituyen una escalada en la agresión contra nuestro derecho a la autodeterminación, principio sustantivo de nuestra República.

Es una afrenta contra un pueblo libre y digno, que constituye un serio y grave peligro para nuestra vida republicana, lo cual nos obliga a las y los que sentimos y amamos profundamente a esta Patria a desechar las ilusiones, los infantilismos políticos, la soberbia y el pequeño juego politiquero. La magnitud de la agresión requiere que volemos alto como las águilas.

Hoy más que nunca, nuestro pueblo requiere una dirigencia realista, consciente, firme, sensible y responsable para poder superar con dignidad el desafío que nos impone tamaña ignominia. Para los revolucionarios y revolucionarias de este tiempo,  salvar la República debe ser nuestra prioridad.

Considero que en ese sentido, en medio de las dificultades que supone la estrategia injerencista de promover un ficticio Estado paralelo, la dirigencia del país, gobierno, oposición y otros actores patrióticos, tenemos que comprender que para salvar la República debemos asumir fielmente el cumplimiento de la vigente Constitución de la República Bolivariana de Venezuela de 1999.

Un primer paso es avanzar, este año, con transparencia en el proceso que garantice unas elecciones parlamentarias con todos los factores y con amplia participación popular que permita la recomposición plural del poder legislativo de la Nación y la restitución del principio de cooperación constitucional entre los poderes públicos, a partir del cual se pueda iniciar la restauración del normal funcionamiento democrático-institucional del país.

Salvar la República implica, cualquiera sea la circunstancia, la preservación de la soberanía sobre nuestros recursos naturales y de nuestros activos nacionales, para que estos, aprovechados y administrados de manera ética, eficiente y con amor patrio, sean la palanca del proceso de recuperación productiva con el cual lograremos un real crecimiento económico.

Salvar la República supone garantizar los derechos políticos, sociales, laborales y culturales del pueblo.

Hoy, cuando la lógica del capital se vuelve a imponer como hegemónica en la economía nacional, el pueblo trabajador requiere que se le reconozca y respete su derecho a luchar, protestar y a demandar de manera pacífica y democrática la protección del Estado, plasmada en el texto constitucional, contra la explotación, la exclusión y la desigualdad.  

La familia venezolana tiene que sentir que la República es capaz de garantizar una vida digna para todos y todas. Solo un pueblo con derechos y con poder,  tiene la fuerza material y moral para contener la intervención extranjera de la que somos objeto y lograr que se respete nuestro soberano derecho a decidir el porvenir. ¡Viva la República Bolivariana de Venezuela! ¡La Patria vencerá!  

“LO AFIRMATIVO VENEZOLANO”

Elías Jaua Milano

Muchas veces escuchamos al Comandante Chávez utilizar la frase “lo afirmativo venezolano” para alentarnos a seguir perseverando en la transformación positiva de nuestra Patria. Esta frase, más bien concepto diría yo, la tomó del académico y escritor Augusto Mijares quien en 1963 publicó un libro de ensayos así llamado, lectura con juicio crítico que recomiendo.

En la presentación del libro Lo Afirmativo Venezolano, el referido escritor expresa la necesidad de reivindicar el carácter nacional basado en la lucha, en el trabajo, en el estudio y en el amor sincero por nuestra Patria. Frente a los que Mijares llama “los sembradores de ceniza”, promotores permanentes de que nos sintamos avergonzados de ser venezolanos y venezolanas, contrapone su tesis:

“Aun en los peores momentos de nuestras crisis políticas, no se perdieron totalmente aquellos propósitos de honradez, abnegación, decoro ciudadano y sincero anhelo de trabajar por la Patria. Aún en las épocas más funestas puede observarse cómo en el fondo del negro cuadro aparecen, bien en forma de rebeldía, bien convertidas en silencioso y empecinado trabajo, aquellas virtudes”.     

Desde la perspectiva del autor, más allá de la historia de traiciones, latrocinio, intrigas y luchas intestinas está  la historia de los millones de hombres y mujeres que de generación en generación no dejaron de luchar por los principios y valores que inspiraron nuestra gesta de independencia  y que constituyen las bases de nuestra nacionalidad:

“Figuras siniestras o grotescas se agitan ante las candilejas y acaparan la atención pública; pero siempre un mártir, un héroe o un pensador iluminan el fondo y dejan para la posteridad su testimonio de bondad, de desinterés  y de justicia”.

Esos testimonios de amor por la Patria y por la humanidad deben servir, a decir de Mijares, “como un núcleo renovador de influencia incalculable”. Decimos nosotros que  deben ser el núcleo inspirador  para seguir luchando por una sociedad donde quepamos todos y todas con igualdad, justicia y dignidad, hasta que lo logremos de manera irreversible. La historia, la mayoría de las veces anónima, de esos venezolanos y venezolanos ha sido la garantía de la Patria perpetua, término también acuñado por el autor:

“Desdeñados, perseguidos o escarnecidos, siempre han existidos esos venezolanos que de generación en generación se han pasado la señal de lo que estaba por hacerse y han mantenido la continuidad de la conciencia nacional”.

Esa continuidad de la conciencia nacional, nosotros desde el campo de la izquierda venezolana la concebimos como corriente histórica de creación, de resistencia, de lucha democrática popular por la emancipación humana.

Esta corriente la protagonizan los millones de hombres y mujeres que escriben la historia con su trabajo honesto; con el estudio; el emprendimiento; la producción material e intelectual; la lucha,  a veces, hasta  con el más alto de los sacrificios para tener una Patria a la altura del sueño de todos los venezolanos y venezolanas.

Mijares precisa que “hombres que quisieron ser simplemente honestos fueron por eso mismo grandes y valerosos”.    La conciencia nacional está llena de esos actos de heroísmo de todos los días. De heroísmo entendido en los términos que refiere el autor:

“Una íntima condición ética, que es lo que pone al hombre por encima de sus semejantes: héroe  es el que resiste cuando otros ceden; el que cree cuando otros dudan; el que se rebela contra la rutina y el conformismo; el que se conserva puro cuando los otros se prostituyen”.

Hoy en medio de la grave y compleja situación nacional que vivimos, hay millones de venezolanos y venezolanos que por encima de la diatriba política, están empeñados en construir con su esfuerzo un buen porvenir para nuestra Nación. Somos los que creemos que nuestro porvenir como pueblo no será el fruto de subastar nuestros recursos en el club de los millonarios del mundo, ni de las apuestas en un garito.  Con Chávez decimos: “Venezuela será de nuevo digna, grande y gloriosa” (2012, en “Mi  Primera Vida”, Libro de entrevista con Ignacio Ramonet).

Vamos a afirmarnos en lo positivo de nuestro carácter nacional para despejar el horizonte hacia un buen destino.  Ha llegado la hora de comenzar de nuevo.

BOLÍVAR

Elías Jaua Milano

En el marco de los 189 años de la partida física de nuestro Padre Simón Bolívar, quiero compartir con Uds. algunos comentarios sobre la serie novelada “Bolívar” producida por la televisora colombiana Caracol. Comienzo por expresar que la figura de nuestro Libertador  es tratada con mucho aprecio, cuido  y respeto, en su condición humana, militar y política, a lo largo de la serie.

Sin embargo,  reconociendo que dicha serie no pretende ser un documental histórico y que fundamentalmente relata la etapa de Bolívar en la Nueva Granada  o la  Cundinamarca de entonces, hay omisiones de hechos trascendentes que configuraron el pensamiento político de El Libertador. Entre las más importantes omisiones, la de su estadía  en la primera República independiente del Caribe, Haití, donde se nutre del pensamiento libertario y de igualdad social de los “jacobinos negros”,  la cual es reducida a un comentario fugaz en uno de los capítulos. De igual manera,  Angostura queda minimizada a otro comentario.

Angostura, ciudad ubicada al sur del Río Orinoco, en Venezuela, fue  la base logística para el inicio de la  gesta de Independencia de toda Suramérica y es el lugar donde Bolívar, en su discurso de instalación del Congreso de 1819, funda nuestro propio pensamiento republicano, a partir del principio de que la igualdad social practicada entre los ciudadanos es el fundamento de la libertad de una República y expresa que si una sociedad pretendía ser libre de verdad no podía mantener el sistema esclavista, entre otros avanzados conceptos para la época como la  educación popular y la pluralidad cultural que conforma nuestra nacionalidad, al reconocer en el referido discurso nuestro origen indígena, negro y europeo.

En Angostura, El 17 de Diciembre de ese año 1819, hace 200 años, el Congreso allí instalado  declara la creación de la República de Colombia.  Colombia, esa gran Nación en territorio americano,  que concibió y así  llamó el venezolano Sebastián Francisco de Miranda, Precursor de la Independencia americana,  figura histórica no bien tratada en la serie.

No solo en Bogotá se pensaron las ideas  de la Independencia. Los venezolanos y venezolanas de entonces también soñaron, pensaron y  parieron ideas y soldados, hombres y mujeres,  para la libertad de este Continente nuestro americano.

En la serie también hay algunas imprecisiones históricas, por ejemplo el error en la fecha del terremoto de Caracas de 1812 que queda registrado en la novela como si hubiese ocurrido en 1813. La personificación artística de Páez asegura,  en un capitulo,  que él  derrotó  al realista  José Tomas Boves, líder de una rebelión social  contra la segunda República venezolana. En verdad, lo mató en batalla otro llanero, Pedro Zaraza,  en el oriente del país muy lejos del territorio que dominaba Páez.  

Hasta donde pude averiguar,  la valiente Pepita Machado no cruzó el Páramo de Pisba, al parecer murió en los llanos apureños cuando se dirigía a Bogotá, desde Angostura,  cuando ya Bolívar había liberado la Nueva Granada en Boyacá. 

Hay personajes de la novela que,  sin duda,  resumen la vida de los hombres y mujeres anónimos que participaron en nuestra  gesta libertaria, pero que no están registrados en la Historia con tal nombre y apellido.

En fin, la serie vale la pena verla, es una novela bonita sobre nuestro Libertador, hay muy buenas actuaciones artísticas, los hechos narrados en términos generales son bastantes veraces y contextualizados, con una fotografía de los paisajes muy hermosa. Es un esfuerzo de producción serio.

Solo recomiendo tener un buen libro de historia a mano o el Internet abierto para profundizar en la historia de Simón Bolívar,  que es la esencia de nuestra historia como nación suramericana. No se quede con dudas sobre los hechos y personajes, averigüe y profundice en lo que allí se cuenta y discútalo en familia, entre amigos y compatriotas. Es un buen ejercicio pedagógico, sobre todo para los jóvenes.

Nuestro Libertador Bolívar es reconocido en su grandeza histórica y en su noble pero firme condición humana, en dicha serie. Gracias por eso a los productores colombianos.

Queda para los buenos  productores y productoras de televisión de nuestro país hacer una serie,   tan o más bonita,  sobre los periodos de la vida de Bolívar que no fueron contados en la producción colombiana. De manera especial, creo que tenemos que novelar las etapas de la estadía en Haití,  la del Congreso de Angostura y la de la campaña de Carabobo. Nos toca a nosotros los venezolanos y venezolanas. ¡Viva Bolívar!

Un abrazo de navidad y año nuevo. Dios mediante nos encontramos en Enero del 2020, para seguir compartiendo,  por este medio, la batalla de las ideas.  

LA CONSTITUCIÓN BOLIVARIANA

Elías Jaua Milano

Hace 20 años, por primera vez en nuestra historia se aprobó en votación popular un texto constitucional, nuestra Constitución de la República Bolivariana de Venezuela de 1999. Fue Hugo Chávez el que nos trajo la idea constituyente como instrumento para despejar el laberinto en que nos encontrábamos a finales de la década de los 90 del pasado siglo XX.

En lo personal haber participado de ese proceso popular constituyente significó una experiencia de vida inédita. Fue la primera vez que hice campaña para optar a una responsabilidad política institucional en nuestra Patria; que participaba en discusiones de alto nivel académico y político que incidirían en la transformación de nuestra sociedad; que podía  divulgar las ideas y propuestas que mi generación había defendido en las calles, al costo de la vida y la integridad física y moral de muchos compañeros y compañeras;que podía confrontar con los voceros del pacto de élites en las plenarias y en los medios de comunicación social. En aquel proceso pude recibir y plasmar en los artículos constitucionales los sueños, los anhelos y las necesidades de diversos sujetos sociales.

Aquel año 99 firmé, en nombre de millones una Constitución para mi Patria, en la cual se refundaba la República bajo la doctrina de nuestro Padre Simón Bolívar, el gran Bolívar. Con la cantora vuelvo a repetir “Gracias a la vida” y digo más gracias a Chávez, gracias al pueblo, gracias a Dios.

La Constitución Bolivariana es nuestro Popol Vuh, como una vez la definiera Earle Herrera, mi compañero de curul en la Asamblea Constituyente de 1999, quien  desde entonces se convirtió en un entrañable hermano de sueños y de luchas. Es una Carta Magna para construir un país donde quepamos todos y todas con igualdad, justicia y dignidad.

Nuestra Constitución la hemos defendido en las calles, en las urnas electorales, en la batalla de las  ideas. Es una Constitución a prueba de golpes y de intervenciones extranjeras, como ha sido comprobado, una vez más,  este año 2019.

En 2017, el pueblo venezolano a través del mecanismo de convocatoria presidencial a  Constituyente,  previsto en la  Constitución Bolivariana le puso freno a la muerte.  Mediante su articulado  se pudo convocar a elecciones para conformar una Asamblea Nacional Constituyente que permitió  una recomposición institucional que logró erradicar la violencia armada ejercida por parte de la contra revolución,  que pudo haber desencadenado en una guerra civil.

La Constitución de 1999 responde a una correlación de fuerzas en un momento determinado que nos permitió desarrollar mecanismos de ejercicio democrático protagónico, colocar contrapesos y contenciones al modelo neoliberal imperante, reivindicar el carácter  pluricultural y reafirmar  nuestra Independencia y soberanía. Y dejo abiertas las puertas para la construcción de un modelo no capitalista, democrático popular y comunal en el artículo 184, entre otros.

Nuestra vigente Carta Magna contiene las bases fundacionales de la  Quinta República, a partir de estas podemos reconstruir y corregir lo que ha sido destruido o corrompido en esta guerra sin límites a la que ha sido sometida nuestra República en los últimos años

En  un momento tan complejo en lo político ideológico, como el que se vive en plano nacional e internacional no podemos poner en riesgo los fundamentos programáticos de la República Bolivariana. La Constitución de 1999 es la última línea de resistencia de los que seguimos soñando y luchando por un país Independiente, soberano, democrático popular, con desarrollo económico propio, igualitario en lo social, un país honesto.

¡Larga vida a la Constitución Bolivariana!

Hoy también quiero dedicar unas líneas a la memoria de los miles de venezolanos y venezolanas que hace 20 años murieron en medio del deslave de agua y el barro en La Guaira, Caracas,  Miranda y otros estados del país. Nuestro recuerdo eterno y nuestro abrazo solidario a los familiares de las víctimas y a los sobrevivientes de aquella catástrofe natural.

UNA CONSTITUCIÓN ANTI NEOLIBERAL

Elías Jaua Milano

El modelo económico plasmado en la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, nació de  los inmensos poderes creadores del pueblo constituyente de 1999.

En estos días, cuando nos disponemos a conmemorar los 20 años de la aprobación popular de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela de 1999, y frente ante tanto desvarío ideológico en el debate, especialmente en el área económica, es propicio volver a la raíz que sostiene el modelo del Socialismo Bolivariano.

La Revolución Bolivariana es hija del parto histórico producido por la rebelión popular de 1989 contra el paquetazo neoliberal y de la decisión valiente de los oficiales y soldados agrupados en el Movimiento Bolivariano 200, fundado y liderado por el Comandante  Hugo Chávez, que protagonizaron las rebeliones populares militares de 1992.

Nace la Revolución Bolivariana, en este tiempo, como una respuesta a la imposición a sangre y fuego del modelo neoliberal. Es por eso que durante su discurso ante la Asamblea Nacional Constituyente de 1999, el 5 de agosto de ese año, el Presidente Chávez expresa: 

“Por ejemplo, cuando se habla del dogma neoliberal, ¡ojo pelao con el dogma neoliberal!, que pretende sembrar de fundamentalismos y de pensamiento único lo que debe estar sembrado por ideas diversas y por inteligencias que van e inteligencias que vienen. Contra el dogma liberal invoco lo que podríamos llamar el “invencionismo robinsoniano” contra ese dogma neoliberal que pretende borrar del mapa, por ejemplo, lo que es la fuerza de la nación, lo que es el derecho de una nación, de un país o de una república a darse su propio modelo económico en función de sus potencialidades, en función de sus oportunidades, en función de su idiosincrasia, contra ese dogma que pretende presentarnos en bloque soluciones extrañas a nuestros problemas y que está demostrado, más que demostrado en los últimos años, que lo que ha hecho es agravar nuestro males, contra ese dogma neoliberal nosotros pudiéramos proponer, y yo propongo, el “invencionismo robinsoniano”. …cuando hablo del “invencionismo robinsoniano”, me refiero concretamente a aquello que …Simón Rodríguez decía: “tienen ustedes que hacer dos revoluciones, la política y la económica; hagan la revolución económica y comiéncenla por los campos, la agricultura, la industria, las artes, la ciencia”, he allí contra el dogma neoliberal que pretende borrarnos del mapa, el “invencionismo robinsoniano” (aplausos)… contra el dogma del mercado, ¡ojo pelao con el dogma del mercado!, que pretende, casi que ser Dios, ¿qué fundamentalismo es el del mercado? La mano invisible del mercado, dicen algunos. Como aquí en Venezuela se hizo popular una expresión, yo la voy a recoger: “La mano peluda, invisible del mercado”. No arregla sociedades el mercado. No hace repúblicas el mercado. No impulsa desarrollo colectivo el mercado, porque el mercado se basa en ese dogma del individualismo que ha llevado al mundo a que seamos unos salvajes, luchando unos contra otros… (aplausos). Contra ese dogma del mercado no podemos responder nosotros con otro dogma, tampoco el extremo del Estado. No, contra ese dogma no saquemos más dogmas, inventemos modelos propios, la mano invisible del mercado con la mano visible del Estado y una combinación, un punto de equilibrio que permita más allá del mercado y más allá del Estado, porque esos son instrumentos, hay un fin último: el desarrollo del hombre, el desarrollo de la mujer, el desarrollo del niño, el desarrollo humano….Contra el monopolio de la riqueza como dogma, enfrentemos la democracia económica, un concepto de igualdad, de libertad, de justicia, de empleo, de seguridad social, para cubrir las necesidades básicas del ser humano”.

Lo extenso de la cita anterior se justifica en tanto en ese extracto del discurso del Comandante Chávez se sintetiza la esencia del planteamiento económico de la Revolución Bolivariana,  la democracia económica a partir del desarrollo productivo y que tiene como fin último que el ser humano viva una vida humanamente gratificante.  

Se trata de construir un modelo económico propio, que trascienda las tesis falaces de la autorregulación del mercado, pero que va más allá de la visión fallida de que el Estado lo puede hacer todo en una sociedad. Hugo Chávez nos invita, desde ese discurso, a inventar un modelo de desarrollo colectivo donde el ser humano sea el sujeto  de la trasformación económica.

Así lo intentamos hacer los y las constituyentes de 1999, a partir de las ideas de Chávez y de las miles de propuestas que nuestro pueblo nos hizo en ese sentido. Y así quedó plasmado, de alguna manera, en la Constitución Bolivariana de 1999.

Revisemos el nombre del Título VI de la Carta Magna: “Del régimen Socio Económico y de la Función del  Estado en la Economía”.  El constituyente originario concibe que lo social no está separado de lo económico, que por el contrario es consustancial  y de igual manera  enfatiza que el Estado sí tiene una función que cumplir en la economía.

Estos principios son desarrollados en el artículo constitucional 299, donde se establece que el modelo económico persigue “… asegurar  el desarrollo humano integral y una existencia digna y provechosa para la colectividad”. Más adelante, en el referido artículo, buscando el punto de equilibrio para lograr tal finalidad, “El Estado, conjuntamente con la iniciativa privada, promoverá el desarrollo armónico de la economía”.

Y finalmente ese mismo artículo 299 y a partir del reconocimiento que el mercado no se autorregula, se establece el método para lograr ese desarrollo armónico en función del ser humano “mediante una planificación estratégica  democrática, participativa y de consulta abierta”.

En los artículos siguientes de ese título de nuestra Constitución se desagregan las funciones del Estado para garantizar nuestro modelo económico, en especial la reserva sobre el manejo de la actividad petrolera y otras actividades y bienes económicos de carácter estratégico y de interés nacional, establecida en el artículo constitucional 302.

Acerca de la obligación del Estado de regular el mercado, resalto el artículo 320 del texto constitucional: “El Estado debe promover y defender la estabilidad económica, evitar la vulnerabilidad de la economía y velar por la estabilidad monetaria y de precios para asegurar el bienestar social”.

Buscando más allá del Estado y el mercado, en el artículo constitucional 308, el Constituyente originario reconoce a otros sujetos de la economía: “… la pequeña y mediana industria, las cooperativas, las cajas de ahorro…la empresa familiar, la microempresa y cualquier otra forma de asociación  comunitaria… bajo el régimen de propiedad colectiva, con el fin de fortalecer el desarrollo económico del país, sustentándolo en la iniciativa popular”.

En el capítulo VII de la Constitución Bolivariana. “De los Derechos Económicos” se reconoce el derecho humano a la libre actividad económica, a la propiedad, las cuales por cierto nunca han sido negadas en nuestro modelo; al consumo de bienes básicos y a la protección por parte  del Estado contra los monopolios y las dañinas consecuencias de “la mano invisible del mercado”, a saber: la especulación, la usura, el acaparamiento y otros ilícitos económicos.

El modelo económico plasmado en la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, nació de  los inmensos poderes creadores del pueblo constituyente de 1999 y demostró durante su desarrollo en la primera década de este siglo XXI ser un modelo viable.

Una década de crecimiento económico, solo interrumpido en los periodos de desestabilización política, a partir de una política de precios del petróleo justa; del incremento de la producción agrícola e industrial; del logro de altos niveles de estabilidad macroeconómica y de una justa distribución del ingreso nacional permitieron reducir la miseria, el hambre, el desempleo y la desigualdad social a sus mínimos históricos.       

Frente a la compleja situación económica que atravesamos, en el marco de una brutal agresión extranjera, estamos obligados a recuperar los fundamentos del modelo económico plasmado en nuestra Constitución de la República Bolivariana de Venezuela de 1999, siempre con espíritu renovador, para despejar el horizonte hacia un buen porvenir  para nuestro pueblo en la tercera década de este siglo XXI, la década que inicia el próximo primero de enero del venidero año 2020.

Hoy más que nunca cobra vigencia la pregunta de Simón Rodríguez ¿A dónde vamos a buscar modelos?

¡Viva la Constitución Bolivariana de 1999, rumbo al 2030!        

PROCESO CONSTITUYENTE

Elías Jaua Milano

Por estos días del año 1999, hace 20 años,  andaba desplegado en la campaña para la aprobación popular del texto constitucional que habíamos redactado los y las constituyentes. Era la etapa aprobatoria del proceso popular constituyente propuesto por Hugo Chávez desde su campaña presidencial de 1998, convocado por decreto presidencial el primer día de su mandato, el 2 de febrero del 99 y que el pueblo activó el 25 de abril del referido año, cuando el 92% de los y las que participamos en el referéndum convocado para tal fin votamos por el Sí a la convocatoria a una Asamblea Nacional Constituyente.

Tras la elección de los y las Constituyentes el 25 de julio y la instalación el 3 de agosto de aquel año 99, se abrió paso a la etapa asamblearia y consultiva del proceso. 131 Constituyentes, solo cinco eran de oposición, nos instalamos y nos juramentamos en el Aula Magna de mi querida Alma Mater, la Universidad Central de Venezuela. Con mis 28 años de edad llevaba en mi alforja de propuestas los sueños y anhelos de la generación estudiantil de los años 90 del siglo XX y tenía plena conciencia del peso histórico que significaba representar el sacrificio de decenas de compañeros y compañeras asesinados por la policía, de centenares de heridos y torturados, de centenares de miles que lucharon y lucharon durante toda esa década contra la implementación del modelo neoliberal y la masiva represión a través de la cual se intentó imponer, especialmente  como respuesta a la rebelión popular del 27 de febrero de 1989. Hoy más que nunca, sigo teniendo conciencia de tamaña responsabilidad.    

El 5 de agosto de 1999,  en nuestra primera sesión en el Palacio Federal Legislativo,  el Presidente Hugo Chávez presentó su propuesta de Constitución y puso su cargo a la orden de la soberanísima Asamblea Constituyente y nos exhortaba en este sentido: “Que todos los venezolanos sientan  que están participando y protagonizando este proceso revolucionario”.   Así lo hicimos, las puertas del Palacio Federal Legislativo se abrieron amplias para todos los sectores, todas las sesiones se trasmitieron en vivo, las discusiones en las comisiones se hicieron con participación de la prensa,  se habilitó un sitio en internet para recibir propuestas y para que el pueblo con acceso pudiera ver las transcripciones de las discusiones, se desplegaron buzones móviles para que la gente depositara sus propuestas, se desarrollaron asambleas populares semanales en todo el país discutiendo artículo por artículo antes de la aprobación .

Entre el 20 de octubre y el 9 de noviembre, del año en cuestión, discutimos el texto que recogía la mayoría de las cerca de 20 mil propuestas que nuestro pueblo había hecho, propuestas que iban desde textos constitucionales redactados por juristas hasta pequeños papeles escritos a mano, con errores ortográficos.  Como lo expresa Luis Gustavo Pérez Pescador, en su libro La Voz del Pueblo:  “Por primera vez los humildes se atrevían y podían escribir en un papel sus ideas políticas para redactar una Constitución”.

El país vio en vivo y directo los arduos  y argumentados debates en cada uno de los artículos, entre los y las constituyentes bolivarianos y los cinco de la oposición, pero también entre nosotros los del Polo Patriótico, en una demostración de que el chavismo nació como una fuerza plural, diversa y deliberativa. 

Estos debates además se daban en medio de una batalla en los medios a través de los cuales las jerarquías de la Iglesia católica, las cúpulas empresariales, los dirigentes del Pacto de Punto Fijo desarrollaban falsas matrices contra la propuesta constitucional que se debatía.

Entre el 12 y 14 de noviembre de 1999, se dio la segunda discusión y finalmente sancionamos el texto que sería sometido a referéndum. A partir de ahí me fui a un extenuante recorrido por la geografía mirandina, a explicar en centenares de asambleas la propuesta que habíamos elaborado.

20 años después, canto con Mercedes Sosa “Gracias  a la vida que me ha dado tanto”, gracias a la historia que me permitió participar de un inédito proceso renovador que plasmó en nuestra Constitución Bolivariana los sueños y los anhelos de construir un país soberano, igualitario,  democrático, plural, honesto.  Mucho logramos avanzar en el camino, hoy la lucha por un país a la altura del sueño de todos los venezolanos y venezolanas continúa. 

El proceso popular constituyente continúa para despejar el horizonte de la Patria hacia un buen porvenir. Rumbo al 2030.